SUSURRO DE MUERTE

La llegada de las cinco de la tarde del tórrido verano en aquellos entonces que rondaban los 50º de temperatura, aunque parezca cosa increíble ya que ahora con 39º ya está la alerta amarilla disparada, marcaba el momento del medio pan viena con aceite y azúcar que me entregaba la abuela para merendar. Y dejaba la casa de campo, con mi vestido de rayas amarillas y blancas, una bata para jugar como decía mi madre y acompañada con algunos de mis primos nos íbamos al cementerio antiguo a jugar…  si a “jugar”.   El fraile de la orden de los foseros que guardaba la entrada del campo santo nos miraba con cierta ternura; quizás porque éramos los únicos que hacíamos compañía a aquellos restos mortales de los que dejaron la vida para irse a la otra vida. Siempre le sonreía porque era un hombre especial. Enfundado en su hábito de burda tela con cordón de esparto para sujetar el sobrio testigo de sus votos perpetuos que quizás le habían librado de una cárcel humana para penar sus delitos  en un lugar donde la vida y la muerte se daban la mano.

 

Allí, a la entrada el frescor de la sombra del mármol severo me daba en el rostro con pocos años cumplidos y enmarcados por los rizos que tanto celebraba la abuela. Mis primos normalmente se perdía jugando a los indios entre las tumbas de la parte izquierda donde reposaban los que no tuvieron en vida medios para destacar después de la muerte con adornos y figuras dolientes. Yo me perdía por el camino de cipreses en busca de alguien que siempre me esperaba en el segundo campo.
Y cuando llegaba hasta la cruz blanca, limpia y de vetas grises y blancas, me sentaba ante el escalón en que reposaba la losa; a su cabezal se encontraba la urna de cristal que guardaba la foto descolorida de una cara juvenil, con rizos claros, supongo que era rubio, que me miraba y sonreía con esa ternura que se tiene en plena inocencia. Le miraba fijamente y esto hacía que pronto los perfiles se borraran para tomar movimiento. Me sonreía, me  miraba con una dulzura especial, queriendo meterme en su vida rota por la visita de la Señora a destiempo.

Algunas veces me levantaba, me ponía cerca del cristal y acariciaba el frío metal que la enmarcaba; notaba cierto consquilleteo en las palmas de las manos, quizás llevada por el  tremendo efecto de atracción fatal que tiene lo desconocido. Su nombre escrito en metal dorado comido por el tiempo, Carlos murió con 12 años, me hacía sentir una opresión en el pecho como queriendo meterse  muy dentro de mí y contarme sus secretos. 

En estas circunstancias me encontraba cuando una mano se apoyó en mi hombro y mirando de reojo vi como esa mano madura me daba ánimos quizás para hacerme comprender porque razón se muere tan joven. Me dejaba llevar por los pasillos tras el fraile que me iba enseñando una tumba u otra de personajes conocidos que descansaban allí en sueño eterno de la muerte. Siempre se paraba en los panteones porque estaban adornados con figuras que siempre les he llamado dolientes, los brazos al cielo, y los ojos llenos de llantos. Me gustaba acariciarlas en la soledad del recinto. Por qué se llora con la muerte?… nunca lo he comprendido.

Volvía por los pasillos, algunas flores caían al suelo llevadas por la sequedad de sus jarrones y buscando quizás algo de agua en la sombra.  Y un día al final del camino lateral, cuando volvía de ese ir a ninguna parte mientras me comía el pan, vi una figura huidiza que se dejó ver lo suficiente para que mi atención se centrara en ella. Corrí hasta el final y en un recodo  nos encontramos de cara. Hermosa y blanca faz que me hizo susurrar “ángel”… sus brazos me  tomaron por la cintura y se marcó un vals que nos hizo danzar por medio del campo santo. 
Sus rizos rubios (tal como me los imaginaba cuando miraba la foto) se ondulaban con el viento tras cada pase, cada vuelta, cada acercamiento, cada mirada llena de candor.

Agotada me senté en el borde del negro panteón marmóreo de una afamada familia de toreros y sus manos casi transparentes acariciaron mis mejillas sonrosadas por el esfuerzo y por la emoción; un beso rozó mis labios con una ternura nunca repetida en toda mi vida…. y me sacudió el cansancio y nos fuimos cogidos de la mano, hablando de este ángel, de aquel doliente, de esta reja sevillana, de aquella cruz que se había caído. Me descubrió los secretos que se escondían en ciertos símbolos  mezclados con la dedicatoria repetitiva de las lápidas que aclaraban los mensajes secretos de alguna pertenencia a grupos, clanes o sectas de dudosa base legal y religiosa.

Me acostumbré a verlo desaparecer por la esquina de su reposo eterno, allí me quedaba para que no viese el momento en que se hacía invisible, convirtiéndose en espíritu y me quedara sola; verano tras verano nos fuimos encontrando en esa hora de la merienda y después la noche y más tarde los hermanos foseros se fueron del cementerio y se fue sumiendo en el abandono, los árboles dejaron caer sus ramas secas como lágrimas por la soledad, la capilla quedó sola sin culto ni oración, y un día la sepultura amada estaba abierta, sin losa ni huella de  mi querido amante – espíritu; se lo había llevado a otro sitio más seguro. Y me quedé pensativa mirando el boquete de tierra ya no tan sagrada y me di media vuelta, montañas de hojas secas se acumulan a los pies de los cipreses que se secaron como se seca el alma cuando no se la cuida y se la alimenta con sentimientos…. y se cerró el cementerio que con los años solo fue un recuerdo.

La casa de la abuela en el campo fue vendida, ahora una urbanización ocupa su lugar. Y sin embargo sigo con el sentimiento especial que me posee cuando paseo por el lugar quizás porque aquel espíritu se quedó suspendido en ese aire esperando que volviese cada vez a buscarle.
Un día llevé una caja de plata, no sé porque razón la cogí en la casa y cuando llegué al lugar donde las sensaciones se hacían más intensas, la abrí sintiendo un algo especial, como aire fresco que se asentó en su fondo rojo de terciopelo. Cerré la caja y aquí reposa en mi casa con el espíritu de alguien que me acompañó en mi juventud. Algunas veces la abro y le dejo curiosear por mi casa. Otras se sienta en el orejón leyendo algún libro de mi librería. Sus ojos se han hecho más grandes, el pelo sigue revuelto en rizos rebeldes pero su cuerpo ha crecido al mismo tiempo que creció el mío.

Amores que traspasan el tiempo, amores míos.

DAMADENEGRO 27/8/2009

 

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