PENSADOR

El día se levantó gris, como es propio de la lejana Escocia hasta donde habíamos llegado para celebrar el rito de nuestra unión ante los más íntimo amigos.  

Una docena de personas unidas por fuertes lazos de amistad y nosotros dos llegábamos dos días antes a ese perdido lugar rodeado de verdes campos e inmensas montañas. Los cinco coches nos dejaron a la puerta de un hermoso hotelito cuyos balcones se abrían a un lago azul y manso. Las nubes como queriendo celebrar de antemano el rito, se alejaron poco a poco en el horizonte, dejando una noche tremendamente estrellada con bellas luces celestiales que parecían cantar en nuestro honor. 

 Dos días había que esperar para la gran sorpresa. Tú no querías que yo supiese nada; te encargaste que el más hermoso de los secretos rodease ese día principal en mi vida que parecía cerrada ya a nuevas sorpresas.

Las dos noches estuvieron llenas de cenas alegres y divertidas entre esos amigos tan íntimamente cercanos a nuestras vidas, que se alegraban de que por fin diésemos el gran paso: nuestra unión oficial ante ellos.

Quisiste también darme la opción de la ceremonia religiosa, quizás para que mi vida se llenase de esa ternura nueva que no conocía anteriormente y, profundamente emocionado me besabas en la mano la noche antes de la oficial unión.

En tu mirada había un brillo especialmente lleno de ternura; quizás llevado por la emoción de saberte amado hasta límites insospechados; quizás porque sabías el milagro que habías obrado en mi persona; quizás porque por fín, había dejado latir mi corazón con libertad.

Y esa noche me dejaste a la puerta de mi habitación sin insistir ni un segundo para pasar la noche juntos; quizás también quisiste darle ese hermoso sentimiento de ternura a una noche de espera.

La mañana fue reluciente con el lago brillando con miles de colores bajo los rayos del sol; mi habitación de inundo de una luz azulada cuando alguien desconocido vino a descorres las cortinas, dejándome ver sobre el sofá un magnífico vestido color beige que desparramaba el satín hasta el suelo. 

 Una emoción se fue apoderando de mi corazón, haciéndolo latir mucho más deprisa. La señora comenzó a peinarme y a retocar el recién lavado rostro, un poco de color en los labios y el pelo recogido en la nuca. Me levantó y poco a poco fue cumpliendo el ritual de colocar ese hermoso vestido; me miré en el espejo y una mirada de ternura ilimitada se reflejó en mis ojos creídos que no iban a ser objeto de más sorpresas vitales.

No podía dar crédito a lo que estaba viendo, pero realmente esa imagen que me devolvía el espejo era familiar. Quizás un sueño? . No lo sé.

El largo velo me cubrió el rostro y dos amigas entraron en la habitación, dando exclamaciones de júbilo y me hicieron bajar hasta la planta baja del hotel. Allí una anciana me dió un ramo de azahares y jazmines. Aún vivía el sueño.

 

La puerta se abrió y un coche negro totalmente decorado con bellas y blancas flores silvestres fue el encargado de llevarme a modo de carroza nupcial hasta un lugar que desconocía.

El camino estaba lleno de altos árboles, esa vereda hermosa que parece que te lleva hasta la eternidad y al fondo se vislumbraba la silueta de una pequeña capilla, perdida en ninguna parte, que con sus viejas piedras esperaban la llegada de la novia.

El camino hasta la entrada estaba adornado de flores y velas que daban un especial resplandor entre la humedad de la mañana. Las puertas de la ermita se abrieron y la luz me cegó.

Todos se volvieron hacía mí y allí al fondo estabas tú, vestido como salido de esas comedias románticas que sabes que odio, pero que en el fondo es el sueño de cualquier mujer.

Una sonrisa iluminó tu rostro, tu bello rostro que me recibió como si fuese una novicia en el arte de amar y allí de la mano, subimos los cuatro escalones que nos alejaban del pequeño altar.

No sé realmente el rito que se celebraba, fue inmensamente corto, con un “si quiero” por tu parte leído y preparado para hacerme llorar de emoción. Una entrega absoluta, un amor prometido hasta la eternidad y una promesa de que ni la muerte podría separarnos.

Mis labios no pudieron casi ni pronunciar un corto “si quiero”, porque yo no llevaba nada preparado. Así lo querías tú. Y en mi dedo pusiste una hermosa alianza, sencilla, bella y adornada de un te amo que salió de tus labios para sellar la unión.   

Ya era tuya oficialmente y tú mío. El velo dejó al descubierto mi rostro que se había transformado como si hubiese hecho un largo viaje en el tiempo. Todos los sueños cumplidos, la ilusión a flor de piel y unas manos temblorosas que apenas pudieron sujetas el pequeño ramo de flores blancas.

Y ese beso especial, lleno de hermosa tensión que nos hacía temblar ante todos y después del brazo nos fuimos parando, besando, camino de la campiña que nos esperaba hermosa y fresca con ese hermoso verano que jalona la tierra escocesa. 

Y subidos en el coche nos perdimos por la vereda de la vida para ser un sólo ser formado con la tremenda emoción de habernos entregado en cuerpo y alma para la eternidad.  

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