EN EL BALNEARIO

 

Aquellos pasillos jugaban con las sombras que daban los cortinajes blancos inflados por el aire montañero; aquellos pasillos eran largos y anchos, a un lado en azulejos sevillanos se recreaban la historia del baño, mujeres aseándose y niños jugando desnudos siempre con el agua manando de montañas o fuentes. Mosaicos hechos en azulejos de una belleza que rallaban la perfección; cuerpos voluptuosos que se dejaban caer a la primeras horas de la tarde, el sol al fondo quizás de este edén regalado a los ojos de los pocos humanos que teníamos la posibilidad de disfrutar de su visión. Y los suelos con ese juego blanco y negro de grandes losas de mármol, belleza simétrica y mareante que hacía ver sombras inexistentes en la blancura de los visillos después de jugar a saltar con esa combinación blanco y negro tan especial.

De dónde han salido esa obra en tul que adornado con viejos encajes cerraban los ventanales con rejas de conocida fábrica?. Volaban al viento fresco de la montaña próxima y los dos corríamos por ese pasillo de nuestro castillo particular mientras hacíamos tiempo para que la abuela tomara sus sesiones de barros y aguas contra la enfermedad que padecía en sus piernas desde hacía años. Viene una enfermera y se pierde por el otro lado del pasillo, cerrando la pesada puerta de madera; de nuevo somos los reyes de este reino sin vasallos.

Y de la mano tomábamos velocidad para que el impulso nos hiciera resbalar por el pulido suelo. Mis enaguas volaban como palomas inmaculadas ante el sol y sombra de rejas y cortinas, de la mano de mi querido niño de rizos rubios que reía y reía viendo como mis zapatos me hacían llegar mucho más lejos que los de él. Y de pronto….

Se escuchan las notas del piano, nos escondemos tras la puerta entornada y en la sala colindante el viejo profesor de música acariciaba ese piano de cola que resaltaba al contraluz de la sala de conciertos. El hombre no se daba cuenta que cuatro ojos llenos de juventud se maravillaban con sus notas. Y nos pusimos a bailar un imaginario vals… así entramos en la sala de música bailando como una pareja danzante en caja de música del siglo pasado. No recuerdo por que no llevaba vestido pero mis enaguas blancas con encajes parecía un traje sacado de una vieja fotografía que tanto enamoraba a mi niño.

El viejo profesor nos miró un poco asombrado y se puso a las teclas tocando el vals… un vals para los dos niños que daban vueltas en la inmensidad de la soledad de ese salón en que se perdían las paredes en la lejanía de la vista. Niños bailan, bailan un vals…. vals que rompe el corazón de quienes lo dejaron unidos para la eternidad.

Y cuando las vueltas eran eternas y se hacían innumerables, sonó la voz de la abuela… niños¡¡¡ donde estáis? y se quedó muda en el umbral de la puerta enfundada en su albornoz y con la enfermera a su lado. Quizás se impresionó por el marco espléndido que nos rodeaba y los dos con enaguas blancas la niña y con pantalón corto también blanco, el niño cogidos de la mano le hicimos una reverencia como si fuera la emperatriz del imperio ruso y mi mano abrió como un abanico almidonado las enaguas que parecieron traje de corte. La abuela se emocionó…. siempre se emocionaba con los dos.

Y es así como volvimos a nuestras habitaciones en el balneario; la merienda nos esperaba en la mesa redonda donde los tres compartíamos techo y lecho. Bollos, ensaimadas, crema de cacao, una taza de perfumada infusión para depurar el aparato digestivo… era como así todos los veranos hasta que la gran madre, mi abuela, murió. Y después se metía detrás del biombo chino donde tenía preparada la ropa y los dos niños que éramos nosotros jugábamos en cama, sillones, sofás… y después llegaba el momento de lucir gala para bajar al salón interior o el jardín donde se olían los nardos tempraneros criados en invernaderos. Sentados a ambos lados de la abuela paseábamos las miradas a las otras mesas; hijos con padres, las titas con sus sobrinos y más abuelas con nietos… era el sitio ideal para recuperar la vitalidad y para comenzar a educar en sociedad.

A partir de las siete se ponían los manteles, la cena ya estaría preparada en las cocinas con esos caldos naturales en ebullición. Los platos de la cercana Cartuja y los cristales tallados y llenos con ese agua perfecta para la digestión. Flores secas formaban los centros de mesa y los tres tomábamos asiento con los pies casi colgando nosotros dos, y todo se volvía muy desvaído. El silencio solo estaba roto con el ruido de los platos y los cubiertos; algunas veces para amenizar, se escuchaba la música de un violín, nostálgico y bello.

Nos dejábamos los días en esa atmósfera llena de encanto… y por supuesto él y yo, yo y él…. y el aire, el sonido, las flores, los silencios, el roce de los tules, el tilín de las lágrimas de las lámparas de cristal, las sábanas de la Viuda, los gorriones del jardín, los balcones que daban a la fuente, las moreras, los abetos, los cipreses…. aromas de balneario de mi niñez.

Y me hizo el regalo en caja de cartón un día antes de volver…. mi primer regalo de amor¡¡¡ y me abracé a su cuerpo como queriendo fundirme con él; Dios como le amaba….

DAMADENEGRO 29/9/2009

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Un comentario en “EN EL BALNEARIO

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