Estaba poniéndose el sol y el viento del atardecer arremolinaba las hojas secas y las impulsaba a lo largo de la estrecha calle, como si quisiera llevarlas hacia el oeste, para que asistiera al entierro del astro del día.

—¡Tonterías! —murmuró Henderson.

Y procuró apartar de su mente las ideas que habían estado inquietándole. Tal vez se debiesen a que aquel día era la víspera de la festividad de los Difuntos, y a que pronto caería la noche, la noche tan temida, antaño; porque se creía que con las primeras sombras empezarían a oírse los lúgubres lamentos de las almas en pena…

—¡Tonterías! —repitió Henderson, con aire tozudo.

Aquella noche no sería otra cosa que una más del otoño. Y la verdad era que ya iba siendo hora de que la llegada de esa noche recobrara su significado, o adquiriese uno nuevo. Que significase algo importante, en suma. En la Europa medieval, invadida por la superstición, millones de puertas se cerraban aquella noche para impedir la entrada de los espíritus y millones de plegarias eran musitadas por las almas de los difuntos, al par que se encendían millones de velas. En aquellos tiempos, pensaba Henderson, la llegada de la festividad resultaba impresionante. Los europeos de entonces vivían en un ambiente de terror, en un mundo poblado por demonios y vampiros. En aquellos tiempos, el alma de un ser humano tenía valor para sus semejantes. En cambio, el escepticismo de la época moderna la había despojado de ese valor, porque los hombres de los nuevos tiempos no concedían ya atención a los asuntos de su alma.

—¡Tonterías! —volvió a decir Henderson.

Pero no dejó de reconocer la vaciedad del comentario expresado, tan corriente en estos días de indiferencia total hacia los problemas anímicos. No obstante, y como hijo de su época, admitió que los tiempos habían cambiado, y se concentró en la idea que en aquel momento tenía más importancia para él: la de localizar la tienda de disfraces cuya dirección había encontrado en la guía telefónica, pues deseaba comprar una máscara para asistir al baile de aquella noche. Por eso siguió mirando atentamente los números de las puertas de la calle, hasta que los rojizos rayos del sol poniente, reflejándose en la fachada de un alto edificio, le mostraron el amplio cristal de un escaparate.

De pronto, Henderson notó que un escalofrío le recorría la espalda. Por supuesto que se encontraba frente a la tienda que buscaba y no ante la entrada del infierno. Entonces, ¿a qué se debía aquel rojizo resplandor que iluminaba todo el interior del local? Un resplandor siniestro, que prestaba horrenda apariencia a las caretas alineadas sobre el mostrador.

—El sol del atardecer —tranquilizóse, sonriendo levemente.

Y después de abrir la puerta avanzó hasta el fondo del local, sumido en profundo silencio. Notábase ese inconfundible olor que se percibe en recintos largo tiempo cerrados y mal ventilados; como debía de ser el de los sepulcros y…

—Tonterías —tornó a murmurar Henderson.

Y pensó que lo que su olfato percibía era el ambiente propio de un vulgar comercio poco frecuentado: naftalina, pieles viejas, cartón, polvo… Allá en los días de su niñez, Henderson había participado en funciones teatrales escolares y recordaba que había representado el papel de «Hamlet», viéndose obligado a sostener en sus manos una calavera. Pues bien, el recuerdo le sugirió una idea apropiada para la fiesta de aquella noche. Puesto que era la víspera de la Festividad de los Difuntos, no se disfrazaría de rajá ni de pirata ni de ninguna otra cosa por el estilo, sino de fiera, brujo, hombre-lobo… ¡Eso era lo que habría de hacer! Causar una tremenda impresión al «esnob» de Lindstrom y a los cursis de sus invitados. Sonrió entonces, al figurarse las expresiones de horror y sorpresa que provocaría, cuando entrase en aquella casa vestido como un monstruo. Y un tanto impaciente, golpeó con los nudillos sobre el mostrador.

—¡Eh! ¿No hay nadie que atienda a los clientes?

Al pronto, no recibió respuesta. Luego, un apagado rumor sonó a sus espaldas y volvióse en redondo, mientras que pensaba que bien podrían encender la luz antes de que acabase de caer la noche. Acto seguido, Henderson abrió la boca y los ojos, en expresión de gran asombro, al ver un oscuro bulto que iba ascendiendo desde el suelo, envuelto en un rojizo resplandor…

—Tonterías —dijo una vez más.

Desde luego, la aparición no tenía nada de sobrenatural. No era más que el dueño de la tienda, un anciano de pálida faz, que subía por la escalera del sótano.

—Buenas noches —saludó el tendero—. Creo que me quedé dormido, ahí abajo. ¿Quería usted algo?

—Sí. He venido a buscar un disfraz para el baile de esta noche.

—Ya. ¿Qué desearía?

—Nada de particular, lo corriente en estos casos. Creo que en vista del carácter de la fiesta, me convendría comprar un disfraz de monstruo. ¿Tiene algo que se le parezca?

—Puedo enseñarle las máscaras.

—No, no. Yo me refiero a un disfraz completo, ¿comprende usted? Un disfraz de lobo humano, o algo semejante, pero quiero que sea auténtico.

—Exactamente, sí, señor —respondió el viejo tendero—. Auténtico.

 

Henderson se preguntó por qué habría tenido que recalcar aquel viejo imbécil la última palabra.

—Creo que tengo lo que usted necesita —añadió el comerciante, con ligera sonrisa—, un disfraz adecuado para la fiesta de los difuntos.

— ¿De qué se trata?

—Hum… ¿No ha considerado la oportunidad de disfrazarse hoy de vampiro?

— ¿Como Drácula?

—Eso es, algo así como Drácula.

—No es mala idea, aunque, ¿cree que tengo tipo adecuado para ese disfraz?

El viejo observó por un instante al cliente y luego contestó:

—Los vampiros pueden tener cualquier aspecto, según tengo entendido. Y el suyo no está mal, para ese disfraz.

—Gracias por el cumplido —repuso Henderson, en tono burlón—. De todos modos, ¿cómo es el disfraz?

—¿Disfraz? No es más que un traje de etiqueta, o lo que quiera llevar puesto. Yo le suministraré la capa, una capa auténtica.

—¿Nada más que una capa?

—Nada más, pero se usa como un sudario. Es una mortaja, en realidad. Espere, ahora mismo se la enseñaré.

Se dirigió a la parte trasera del local, para bajar por la escalera del sótano. Al cabo de un par de minutos volvió a aparecer por la puerta-trampa y después de sacudir el polvo que la cubría, mostróle la capa, diciendo:

—Ésta es. ¡La auténtica!

—¿Auténtica?

—Efectivamente. Permítame que se la ponga. Obrará maravillas, ya lo verá.

 

Henderson notó el contacto del pesado paño en torno a sus hombros, antes de dar unos pasos para plantarse frente al espejo. Tal como había indicado el viejo comerciante, aquella prenda cambiaba notablemente su apariencia. Sus mejillas aparecían más prominentes, en contraste con el resto de su rostro, y sus ojos brillaban con extraño fulgor, sobre el fondo claro de su pálida tez, pero lo que más le impresionó fue la súbita sensación de frío que había experimentado al ponerle la capa el dueño de la tienda.

 

—Me la llevaré —dijo—. ¿Cuánto es?

—Se divertirá con ella, se lo aseguro.

—Así lo espero. ¿Cuánto cuesta el alquiler de esta capa?

—¿Qué le parecen cinco dólares?

—Bien.

El viejo recogió el dinero y retiró la capa de los hombros de Henderson, que volvió a sentir entonces calor en su cuerpo. Era muy posible que hiciera mucho frío en el sótano, porque la tela de aquella prenda estaba helada. Cuando el tendero le entregó el paquete, Henderson prometió:

—Mañana se la devolveré.

—¡Oh! No hace falta. La ha comprado usted. Ahora es suya.

—¿Mía? Pero…

—Es que voy a retirarme de los negocios, ¿sabe usted? Quédese con ella. Seguro que le servirá para otras cosas.

Henderson se encogió de hombros y salió de la tienda con el paquete bajo un brazo, un tanto inquieto por la fija mirada de aquel anciano, cuyos ojos no parpadeaban en ningún momento. Y lo raro fue que su inquietud no sólo no se disipó, sino que iba en aumento, hasta el punto de que al llegar las ocho, a punto estuvo de telefonear a Lindstrom para decirle que no podría asistir a la fiesta. Después de unos cuantos tragos de licor, Henderson se sintió más animado. Para ensayar su papel dio unos pasos por la habitación, se envolvió en la capa y puso varias veces expresión feroz ante el espejo. Y al fin, complacido con su terrorífico aspecto, bajó a la calle y detuvo un taxi, cuyo conductor se quedó mirándole con aire de asombro.

—Escuche bien la dirección que voy a indicarle —dijo Henderson, mientras se acomodaba en el asiento posterior.

El taxista, visiblemente impresionado y con trémula voz murmuró:

—Ssss… sí, señor.

En cuanto hubo oído las señas, el chófer puso el coche en marcha y empezó a recorrer las calles de la ciudad a gran velocidad. Divertido, el pasajero emitió una risita, pues no había dejado de advertir el efecto producido por su disfraz. Luego reparó en que el conductor no le perdía de vista, observándole por el retrovisor. «Buena señal —se dijo—. Cuando llegue a casa de Lindstrom voy a dar el golpe.» Y sin darse cuenta, profirió una burlona carcajada, que sonó con acento sepulcral. El impresionable taxista apretó el acelerador a fondo y no paró hasta que hubo llegado a su destino. Sólo se detuvo el tiempo preciso para cerrar la portezuela cuando se apeó el pasajero, y partió veloz, sin cobrar el importe del trayecto.

 

Al entrar en el ascensor, Henderson encontró a otros cuatro invitados y ninguno pareció reconocerle, a pesar de haber hablado con ellos en otras ocasiones. Tal circunstancia le satisfizo sobremanera y le indujo a sonreír torvamente. Resultábale curioso el afán de la gente de adoptar disfraces según sus reprimidos deseos. Las mujeres procuraban acentuar su figura, en tanto que los hombres se esforzaban por destacar su masculinidad, como por ejemplo, el que se vestía de torero. En el fondo, era triste que tantos seres humanos aprovechasen un baile de máscaras para imaginarse que eran lo que no habían sido nunca.

Los que iban en el ascensor eran hombres y mujeres de aspecto saludable. Henderson se sorprendió al darse cuenta de que estaba mirando intensamente uno de los sonrosados y regordetes brazos de la dama que se hallaba a su lado. Y acto seguido advirtió que los demás se habían apiñado en un ángulo, como si quisieran apartarse de él, como si les amedrentase su siniestra apariencia. «¿Qué diantres estará sucediendo? preguntóse. Primero, el taxista, y ahora, estos tontos, que incluso han dejado de hablar.» No tuvo tiempo de buscar una explicación razonable, porque en aquel momento se detuvo el ascensor. Abrióse la puerta y salieron todos al rellano, donde el propio Lindstrom recibió a los visitantes y les hizo pasar al vestíbulo en un lujoso departamento. Volvióse hacia Henderson y en tono de amigable sorpresa, exclamó:

—¡Vaya! ¿Qué es lo que tenemos aquí?

Era obvio que el dueño de la casa había bebido ya bastante, y añadió:

—¡Tómate una copa, Henderson! Yo la tomaré de la misma botella. Estás impresionante con ese disfraz. ¿De dónde has sacado un maquillaje tan…?

—¿Maquillaje? No me he maquillado.

—¿Ah, no? Bueno… claro, claro. Perdona, soy un tonto.

Henderson se preguntó si su amigo se habría vuelto loco. ¿Sería verdad, o se lo habría parecido solamente, que Lindstrom acababa de dar un paso atrás? ¿Y aquella mirada tan recelosa? Tal vez estuviese completamente borracho.

—Bueno —murmuró Lindstrom—. Te… te veré más tarde.

Y girando sobre sus talones, se alejó rápidamente en dirección al salón, de donde provenía un confuso rumor de música, risa y conversaciones en voz alta. Henderson se quedó con la vista fija en el abultado y rojizo cuello de su amigo, de su aterrorizado amigo. Porque no cabía duda que Lindstrom estaba temblando de miedo. Intrigado, Henderson se bebió de un solo trago el contenido de su copa, e inmediatamente fue a mirarse al espejo que adornaba un rincón del vestíbulo, pero no vio nada. Absolutamente nada. ¡La superficie del espejo no reflejaba su imagen!

Debo de haber bebido de más —se dijo, con aviesa sonrisa—. Allá en casa cuatro o cinco vasos de whisky, y ahora, este ron… Eso es lo que ocurre, que estoy tan borracho que no veo. O mejor dicho, veo visiones, como la de este ángel que ha llegado junto a mí.» Y volviéndose a medias, saludó:

 

—Hola, ángel.

—Hola —respondióle la bella y rubia joven que acababa de detenerse a su lado.

Henderson advirtió que tenía ojos muy azules y labios muy rojos. En tono serio le preguntó:

—¿Eres un ángel de verdad o se trata de una aparición?

—Es una aparición que se llama Sheila Darrly —respondió la joven—, y que le agradecerá que se aparte un momento del espejo, pues necesita empolvarse la nariz.

—Con muchísimo gusto se aparta Stephen Henderson —dijo, sonriendo.

La joven le dedicó un picaresco guiño antes de comenzar a empolvarse, pero al notar que la observaba con curiosidad, inquirió:

—¿No ha visto nunca cómo se ponen los polvos de tocador?

—No sabía que los ángeles los emplearan —contestóle Henderson—, pero no es raro. Hay muchas cosas que ignoro, con respecto a los ángeles. De ahora en adelante procuraré informarme convenientemente. No le extrañe que la siga por todas partes con una libreta de notas, para tomar apuntes y…

—¿Apuntes, un vampiro?

—¡Bueno! Pero soy un vampiro inteligente, no uno de aquellos monstruos de Transilvania que… Estoy seguro de que le agradará mi compañía.

—No lo dudo. Y desde luego que tiene usted tipo de vampiro. Claro que un ángel y un vampiro formarían una absurda pareja, ¿no cree?

—¡Oh! Podríamos reformarnos mutuamente. Por otra parte, tengo la sospecha de que es usted un poco diabólica. Con esa capa negra encima de su manto angelical… No será usted un ángel de las tinieblas, ¿verdad que no? Porque en lugar de haber bajado del cielo, podría provenir de mis sombrías mansiones.

Pese a su desparpajo, Henderson se sentía aturdido. Recordaba muchas de sus cínicas observaciones referentes al «flechazo», al enamoramiento instantáneo, así como su concepto de que el amor no existía, de que la gente no hacía más que imitar a los personajes de las novelas o películas cinematográficas en que se presentaban idilios, para actuar en consecuencia y fingir unos sentimientos que no experimentaban. Y he aquí que en aquel momento se sentía enamorado, perdidamente enamorado de un ángel de rubios cabellos y mirada arrobadora. Por lo visto, la chica notó lo que estaba sucediendo, pues con ligero retintín le preguntó:

—Espero que le satisfaga lo que ve.

—Tiene usted una intuición maravillosa, pero hay algo interesante que querría saber acerca de los ángeles: si saben bailar.

—Buena muestra de tacto, para proceder de un vampiro. ¿Pasamos al salón?

Tomados del brazo entraron los dos en la vasta estancia, donde los presentes charlaban animadamente y bebían, pero nadie bailaba. Algunas parejas se paseaban, en tanto que unos invitados disfrazados de gánsteres simulaban atracos con risa y jarana. En suma, la clase de ambiente que tanto detestaba Henderson, por lo que reaccionando de súbito se envolvió en su negra capa e imprimió a sus facciones una torva expresión, mientras echaba a andar en ominoso silencio. A su paso, interrúmpanse las conversaciones y se oían algunos susurros:

—¿Quién es ese hombre?

—¿Has visto qué ojos?

—Es un vampiro…

El dueño de la casa, cada vez más embriagado, estaba junto a una llamativa morena disfrazada de Cleopatra. Henderson era amigo de Lindstrom y le agradaba su compañía, pero no podía soportarlo en fiestas como aquélla, a causa de su incorrecto comportamiento en lo tocante a la bebida.

—¡Oh, Drácula! —Exclamó Lindstrom, alzando un brazo—. Permíteme que te presenta a una estupenda be-beldad. Y tú… beldad… te presentóoa un buen amigo mío… El conde Drácula, que viene con su hija. También invité a su abuela; pero esta noche se encuentra atareada. Está celebrando una Ceremonia Negra… En… Hola, conde, ¿qué tal?

La morena abrió los ojos desmesuradamente y con fingido horror exclamó:

—¡Ooooh, Drácula! ¡Qué cara más espantosa! ¡Qué largos y afilados dientes!…

Lindstrom se dirigió a toda la concurrencia, para anunciar:

—¡Queridos amigos! ¡Aquí está el único vampiro real que queda en cautividad! ¡Drácula Henderson, el único vampiro con dentadura postiza!

En otras circunstancias, Henderson habría aplicado un potente y eficiente directo a la mandíbula de su amigo, pero entonces, con Sheila a su lado y en medio de una festiva reunión… Sería preferible soportar las bromas y mostrar buen talante. Y como no le faltaba correa, ¿por qué no podía seguir la corriente y actuar como un verdadero vampiro? Miró entonces a su bella acompañante y le dedicó una sonrisa. Luego se irguió tiesamente y entreabrió su capa, que continuaba tan fría como horas atrás, cuando la había comprado, y abrió los ojos, para fijar su penetrante mirada en el grueso cuello de Lindstrom. Como en sueños, notó que sus manos salían proyectadas hacia delante, en dirección a aquel carnoso cuello, cuyo dueño lanzó un alarido de espanto, como el chillido de una rata, de una rata gorda y repleta de sangre, como la sangre que sirve de alimento a los vampiros… sangre de aquella rata… del cuello de aquella rata que seguía chillando… con la cabeza caída hacia un costado, mientras los dientes de Henderson se acercaban a su cuello…

—¡Basta ya!

Había sido la seca y fría voz de Sheila. Y también fueron los dedos de la joven los que apretaron fuertemente un brazo de Henderson, que se volvió a mirarla, estupefacto. Lindstrom se había desplomado sobre una butaca y estaba enjugándose el sudor, mientras los demás contemplaban la escena con estupor.

—Muy bien hecho —murmuró la chica—. Que le sirva de lección.

Henderson exhaló un suspiro antes de encararse con los presentes, para decirles jocosamente:

—Señoras y caballeros, lo que acabo de hacer no ha sido más que una demostración de lo que ha afirmado nuestro querido amigo Lindstrom. Soy, en efecto, un vampiro. Y ahora que están ustedes advertidos, creo que no correrán peligro. Si hay un médico entre ustedes, podríamos arreglarnos con una transfusión de sangre, porque la verdad es que estoy desfallecido y necesito alimento.

La salida provocó risa general. Deshecha la tensión, todos reanudaron sus interrumpidas charlas. Y uno de los asistentes, que había bajado a la portería en busca de un periódico, aprovechó la oportunidad para imitar a un vendedor callejero y empezó a pregonar:

—¡Extra! ¡Con el siniestro de la Noche de Difuntos! ¡Extra!

Muchos de los invitados se precipitaron a su encuentro para arrebatarle diarios de las manos.

—¡Extra! ¡Con las últimas noticias sobre el incendio de la tienda de disfraces! ¡Lean el extra de esta noche, con información completa!

—Hasta luego, vampiro —dijo Sheila.

—Hasta luego —murmuró Henderson, prendido en sus bellos ojos.

Pero en seguida se estremeció. ¿Qué era lo que estaba anunciando aquel hombre? Un incendio en una tienda de disfraces. «Alrededor de las ocho de esta noche, los bomberos tuvieron que acudir a un establecimiento de la calle… no pudo dominarse el incendio… completamente destruido… se encontró un esqueleto en una…»

—¡No! —exclamó.

Pero siguió leyendo el resto de la información. Aquel esqueleto había aparecido en una caja que estaba debajo del establecimiento. Era un ataúd. También se encontraron otras dos cajas, vacías. El esqueleto estaba envuelto en una capa negra, que no fue dañada por las llamas. Seguían relatos de testigos presenciales, de vecinos que afirmaban que en aquella casa se habían verificado extraños ritos, que de vez en cuando entraban allí algunos individuos de aspecto sospechoso para comprar objetos raros, como filtros de amor, encantamientos y disfraces endemoniados.

La auténtica capa, recordó Henderson. Eso era lo que había dicho aquel viejo. Y también: «Voy a retirarme de los negocios… Tal vez le sirva para otras cosas.» Presa de honda desazón, encaminase al vestíbulo, para detenerse ante el espejo. Consternado, se llevó una mano a la cara, a fin de resguardarse de la mirada reflejada que no podía ver. Porque los vampiros no se reflejan en los espejos. No era extraño que asustara tanto a la gente. Ni que sus manos se sintiesen atraídas hacia los cuellos de las personas, como sucedió con Lindstrom. ¿Qué era lo que le había ocurrido?

¡La capa! Aquella capa, que había estado en un féretro, de donde la sacó el viejo cuando bajó al sótano para buscarla. Aquella capa helada con el frío de la muerte le había transmitido sentimiento de un verdadero vampiro. Y estaba maldita, por haber amortajado el cuerpo de un monstruo condenado.

—Hola, querido amigo.

Sheila. Allí estaba Sheila, mirándole con expresión invitadora. Henderson notó una oleada de calor en el rostro, al par que se sentía invadido por una inefable sensación, mezcla de amor, de deseo… y de hambre; hambre suscitada por aquella nacarada piel, por aquellos labios tentadores. ¡Nunca! ¡Jamás haría semejante cosa! Su amor debía triunfar sobre cualquier nefanda pasión. Con brusco e instintivo movimiento, se despojó de la capa e inmediatamente se sintió aliviado, libre de negros pensamientos. La joven sonrió levemente y se quitó la suya, en tanto comentaba:

—¿Qué? ¿Cansado del disfraz?

—Ángel… —susurró él.

—Diablo —respondió Sheila, con tonillo burlón.

Un momento después estaban estrechamente abrazados. Henderson había recogido la negra capa de la chica y la llevaba al brazo, junto con la suya. Cuando dejaron de besarse, Henderson, mientras llevaba a Sheila hacia el ascensor, propuso:

—¿Y si saliéramos a respirar un poco?

—¿Adónde? ¿A la calle?

—No. No quiero que vayamos a mis mansiones, sino a las tuyas.

—¿A la azotea?

—Exactamente, mi ángel. Quiero hablarte allí, sobre el fondo de tu propio cielo. Quiero besarte cerca de las nubes y de las estrellas.

En la alta terraza Henderson enlazó a la chica por el talle y la condujo hasta el parapeto.

—Un ángel y un diablo —murmuró la joven—. ¡Qué pareja! ¿Cómo saldrán nuestros chicos? ¿Con halos o con cuernos?

—Con las dos cosas, quizás.

Abajo quedaron Lindstrom y sus bulliciosos invitados. En cambio, allí, en la azotea, reinaba la templada noche del otoño, sin música estridente, sin bebidas ni charla insustancial. Una noche como tantas otras, hecha para el amor y presidida por el disco de la Luna. No obstante, la brisa que soplaba no resultaba muy agradable, y la joven se estremeció levemente.

 

—Tengo frío —dijo—. ¿Me das la capa?

Henderson recogió la prenda del borde del parapeto, donde la había colgado, y la deslizó sobre los hombros de su amada, a la que volvió a abrazar.

—Tu también tienes frío —advirtió Sheila—. Ponte la tuya.

«Ponerse otra vez aquella maldición…» Henderson dio un paso atrás, aterrado con el simple pensamiento de revestirse nuevamente con la aborrecible prenda, pero la chica tornó a pasarle los brazos alrededor del cuello y con mimosa entonación insistió:

—Póntela, no vayas a resfriarte.

Frío… Eso era lo que volvía a sentir Henderson en todo su cuerpo. El extraño frío que había percibido mientras llevaba puesta aquella capa. Bajó la vista hasta los labios de la chica, y otra vez le acometió el insensato deseo de mordérselos, de beber su sangre. No debía hacer eso. Amaba a Sheila como nunca habría supuesto que fuera capaz de amar. Y su amor tenía que vencer aquel incomprensible impulso. Por tanto, haciendo un esfuerzo la apartó de sí.

—Sheila —balbuceó—. Tengo que… tengo que decirte una cosa.

—Dime, querido.

—Sheila, por favor. Tú has leído la edición extra de esta noche…

—Sí —repuso la joven, sin dejar de mirarle a los ojos.

—Pues bien, yo… yo compré allí mi capa, ¿sabes? Y ya has visto lo que sucedió con Lindstrom. No era ficción, sino realidad. Yo quería, realmente, chuparle la sangre. No puedo explicarte a qué se debió eso ni… Creo que esa capa es la culpable de tan extraña reacción.

Sheila seguía mirándole con expresión de intenso cariño, sin inmutarse en absoluto por lo que acababa de escuchar. ¿Es que no le creía? ¿O se figurarla, tal vez, que estaba bromeando?

—Yo te quiero, Sheila. Créeme. Estoy loco por ti.

—Ya lo sé.

—Por eso quiero demostrártelo, y demostrármelo a mí mismo, que lo que siento por ti es verdadero amor. Para convencerme necesito volver a ponerme esa capa. Si mi amor es tan inmenso como yo creo, vencerá a todo otro impulso y te besaré, pero en caso de que la maldición fuera más potente y yo… y yo empezara a morderte, ¡apártate en seguida y huye, cariño mío! ¿Comprendes el significado de este experimento? Quiero comprobar que te quiero más allá de cualquier posible influjo maligno, que te querré eternamente. ¿Tie… tienes miedo?

—No.

—Seguro que creerás que estoy loco.

—Tampoco.

—Entonces.

La impasible actitud de la joven desconcertaba a Henderson, que se quedó mirándola en silencio, hasta que Sheila soltó una risita y se abrazó a él, acariciándole suavemente la nuca y susurrando:

—Ya lo sabía, querido. Lo supe en cuanto te miré por el espejo, la primera vez. Entonces me di cuenta de que tenías una capa igual que la mía… porque yo compré la mía en el mismo comercio.

Henderson se sorprendió al ver que los labios de Sheila eludían los suyos cuando intentó besarla. Luego notó el agudo contacto de los dientes de la chica en su garganta, seguido por una sensación de debilidad… y por el negro abismo de la completa inconsciencia.

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